editorial
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Martes, 15/12/2009
Leed, leed, malditos (¡hacedle caso a Pablo Antoñana!)
Los artículos de opinión en la prensa: gran pérdida de tiempo (normalmente; siempre poniéndole voz a su amo, teledirigidos), o no. Esto último ya depende de que la suerte y las recomendaciones o el buen oficio de tu radar como lector descubran una de esas pocas firmas que colocan en las frases lo que hay que poner. Este sábado El Lorito se desayunó con dos de esos ejemplos. Manuel Rivas, el gallego (sus letras tienen denominación de origen), de quien recomendamos aquel libro suyo de hace ya ¡once años! (el tiempo no corre, vuela), “El lápiz del carpintero” -toma nota- iniciaba su escrito con una frase para la reflexión, que de eso se trata y para eso le pagan: “Hoy en día recibe más ayuda un automóvil recién nacido que un bebé”. En otro rotativo, ‘La Vanguardia’, en su espacio “Sabatinas intempestivas” Gregorio Morán se empeñaba en otro de sus ejercicios semanales a contracorriente, esta vez la reivindicación del olvidado escritor navarro Pablo Antoñana y, por encima del resto, de su libro “La cuerda rota” -vuelve a tomar nota-. Antoñana murió este agosto, pero el mismo mes de 2001 ya lo hizo también, de mentira, cuando en el transcurso de unas jornadas que le dedicó el centro Koldo Mitxelena de San Sebastián leyó ante un auditorio una especie de testamento, adoptando el papel de un recién fallecido. Repasó varias cosas, desde su soledad a la República de Ioar, “una tierra de mi invención, sin asiento en la ONU, gracias a Dios”. Al referirse a la literatura dijo lo siguiente: “Al libro le debo todo. Me ayudó a salir de la oscuridad donde siempre residieron los míos, gente iletrada enganchada como soldado a guerras que nunca fueron suyas. Sumisa, resignada. El libro es un fascinante prodigio, pura lujuria, un misterio, siempre fue cosa de pocos. Lujo, privilegio, luego herramienta de ejercicio de poder. Se cultivó la ignorancia, por tanto no se enseñó a leer, y el libro, vehículo conductor hacia la dignidad, fue cicateramente negado. Al libro le debo cuanto soy, posiblemente significa una revancha de los míos, para quienes la posesión de un libro fue sueño secular”.
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