disco

Miércoles, 11/04/2007

Spiderland
Slint
1991, Touch & Go

Spiderland

En 1991 existía un grupo que en activo tuvo nula repercusión pero que, una vez pasó a mejor vida, consiguió que sobre su legado se colocara la etiqueta de "clásico de culto". Era Slint. Cuatro jóvenes estadounidenses de Louisville (Kentucky), fans tanto de Black Sabbath como de The Ex y Big Black, que grabaron un primer disco bastante flojo, "Tweez" (1989), producido por Steve Albini, un EP, titulado "Slint" (1994), que se publicó tras su disolución, y un segundo trabajo, "Spiderland" (1991), que llegó a ser un faro que iluminó el nacimiento de todo ese montón de nuevas etiquetas (lo-fi, post-rock, slowcore) entorno a la intención de las nuevas generaciones de reinventar el rock. Grupos como Codeine, Godspeed You Black Emperor! o Mogwai le deben tanto a este disco que parece mentira que no fuera hasta que el grupo se separó, y gracias a las famosas "ten fucking stars!" que le otorgó Steve Albini en una crítica en "Melody Maker", cuando la leyenda de "Spiderland" empieza a despegar. Un álbum oscuro, fantasmal, dibujado en blanco y negro, como la foto tomada por su amigo Will Oldham que ilustra la portada del disco, en la que asoman tan sólo sus cabezas, como despidiéndose para siempre. Ese es el ambiente que se respira: el de un último adiós, la imposibilidad de redención y de vías de salvación para una mente atrapada en una gigantesca tela de araña, la que debía atormentar al cantante, guitarra y letrista Brian McMahan, que una vez finalizada la grabación fue ingresado en un sanatorio mental. Los parámetros musicales que guían el disco son esos contrastes entre líneas de guitarra delicadas y explosiones de distorsión furiosa, que funcionan como una perfecta ecuación matemática. Bruscos cambios en el tempo, una voz susurrada, apenas audible, que estalla y grita como un autista poseído, todo envuelto en un mar de aguas oscuras y turbulentas, yendo constantemente a la deriva, para huir en el último instante. Una obra, al parecer conceptual, que gira entorno a la figura de un tal Don -¿el alter ego de McMahan?-, narrada a través de historias de vampiros y de marinos que navegan directos hacia su inevitable final, de tentativas de suicidio y otras miserias cotidianas. Todo guiado por un Brian McMahan esquivo, frío, enigmático, que contaba a su lado con la guitarra e inspiración de David Pajo, más tarde en Tortoise, Royal Trux, con Bonnie "Prince" Billy y Papa M. En la bateria estaba Britt Waldorf, después en The Breeders, y el bajista era Todd Brashear, que formaría parte de otra leyenda maldita como fueron King Kong. Bienvenidos al país de las telas de araña.

Manel Roig


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